viernes, 24 de octubre de 2025

 Yo también sé lo que es andar sin rumbo,

mirar el suelo y hablarle al mundo.
He sentido el frío que muerde la herida,
he tenido el alma medio perdida.

Pero no soy pena, soy consecuencia,
soy fuego, soy hambre, soy resistencia.
Cada día me levanto distinta,
y aunque me rompan, la fe me pinta.

No busco aplausos ni compasión,
solo que escuchen con el corazón.
Que vean que pienso, que estoy despierta,
que mi cabeza no está desierta.

Sé de diagnósticos, pastillas, heridas,
de noches largas y voces perdidas.
Pero también sé —y lo digo sin prisa—
que la escurrida es gratis, y da risa.

Ser viva no cuesta, cuesta sentir,
cuesta quedarse y no huir.
Cuesta mirarse y no mentirse,
cuesta caerse y no rendirse.

No quiero salvar al mundo, no puedo,
pero puedo alumbrar con mi enredo.
Puedo decir que en la basura hay flor,
que en la derrota también hay valor.

Y si mañana me ven distinta,
que sepan que no estoy extinta.
Estoy pensando, sobreviviendo,
y cada palabra la estoy tejiendo.

 Todos hemos vivido esa vida de rutina, donde el silencio vigila cada día. Yo también estoy aquí, tomando terapia y sintiéndome que soy inútil, creyendo que todo está cerrado, que cada esquina de mi casa está infestado. Creo que de alguna forma no tengo consecuencia, pero voy aquí bien despierta. Parece que sí tengo una consecuencia, darle un poco de pena al mundo. Darle también un discurso, parece que les gusta esta sombra y parece que también lo identifica esta oscuridad que llevo apercibida de alguna u otra forma para que las cosas salgan cada día. Sigo aquí un poco cubierta, no sé cómo puedo rimar si aún estoy aquí despierta. Creo que eso me tiene bien hipnotizada, creo que no puedo seguir sin estar jalada. Creo que todo el mundo sabe que uso cocaína, pero aún así siguen siguiéndome en las redes sociales y pueden tener un poco de mí para que yo les hable de este mal desgano de vida. Pero aún así sigo con ella, para darle sin chanclas, con una cosa bien humilde, recogiendo ropa de la calle, haciendo cosas que disgustan pero aun así le doy forma.

Para ustedes

Agradezco las flores digitales,

los emojis, las palabras que curan sin receta,

los mensajes de desconocidos más humanos

que los doctores que coleccionan diplomas

como estampillas sin alma.

Agradezco al algoritmo,
ese dios de silicio
que me mostró amor en comentarios
cuando la carne de mi sangre
solo me ofrecía guerra.

A mi madre —esa científica del desprecio—
le dedico esta risa.
Porque mientras ella estudia
cómo destruirme con precisión quirúrgica,
yo estudio cómo renacer
con el bisturí de mi propia mente.

A los hombres que confundieron
mi cuerpo con una excusa,
gracias también.
Sus sombras me enseñaron
que hasta la oscuridad
tiene ritmo si la bailo.

Y sí, sigo bailando.
Porque cada lágrima
se evapora en carcajada,
cada diagnóstico
se disuelve en ironía.

Y mientras ellos escriben teorías
sobre lo que me pasa,
yo escribo poesía sobre cómo sobreviví.

Así que rían conmigo:
que el trauma se vuelve arte,
el abuso se vuelve comedia,
y la locura —mi locura—
es la única que me entiende
cuando digo que estoy viva
y bailo.

Estoy

 


A los que no quieren quedarse,
pero igual se quedan.
A los que respiran con desgano,
porque la vida duele pero aún la entienden.

A los que visten la cordura como disfraz de feria,
y se esconden del espejo
porque allí los mira el sistema,
esa bestia vestida de blanco
que receta silencio y llama “progreso”
a la pena que duerme entre píldoras y promesas.

Yo los veo.
Los que caminan con ojos de niebla,
los que ríen en pantalla
y lloran en la ducha,
los que no nombran la palabra prohibida
pero la piensan en los bordes de la almohada.

Yo los veo.
Los que tiemblan en los pasillos del psiquiátrico,
mientras un burócrata anota su historia
con letra de espanto y mano de rutina.
Y los que ya ni saben qué les inyectan,
pero igual sonríen, porque hay cámaras.

A todos ellos les digo:
no están locos.
Están vivos en una sociedad enferma.
Y su dolor es un idioma que pocos aprenden,
porque requiere mirar al abismo
sin parpadear.

Y si me ves aquí,
bailando entre el sarcasmo y la ternura,
no es que no duela —
es que aprendí a hacer del dolor un estudio,
del trauma una tesis,
de la locura un arte,
de la muerte, una metáfora que no se cumple.

Yo no soy santa, ni mártir, ni diagnóstica.
Soy humana.
Hija del fuego,
de la pastilla que arde,
de la madre que grita,
del mundo que ignora.
Pero sigo aquí,
haciendo del aire un acto de resistencia,
del pensamiento una plegaria,
de la risa, un conjuro.

Y mientras todos callan,
yo digo:
que se queme la apatía, no la esperanza.
Que la inteligencia sirva para sentir,
que la empatía vuelva a ser ciencia.

Y si me quedo sola,
es porque el liderazgo también es un exilio.
Pero qué importa.
El silencio me obedece,
y la vida, aunque cruel,
sabe que aún la estoy estudiando.

 Yo también sé lo que es andar sin rumbo, mirar el suelo y hablarle al mundo. He sentido el frío que muerde la herida, he tenido el alma ...