A los que no quieren quedarse,
pero igual se quedan.
A los que respiran con desgano,
porque la vida duele pero aún la entienden.
A los que visten la cordura como disfraz de feria,
y se esconden del espejo
porque allí los mira el sistema,
esa bestia vestida de blanco
que receta silencio y llama “progreso”
a la pena que duerme entre píldoras y promesas.
Yo los veo.
Los que caminan con ojos de niebla,
los que ríen en pantalla
y lloran en la ducha,
los que no nombran la palabra prohibida
pero la piensan en los bordes de la almohada.
Yo los veo.
Los que tiemblan en los pasillos del psiquiátrico,
mientras un burócrata anota su historia
con letra de espanto y mano de rutina.
Y los que ya ni saben qué les inyectan,
pero igual sonríen, porque hay cámaras.
A todos ellos les digo:
no están locos.
Están vivos en una sociedad enferma.
Y su dolor es un idioma que pocos aprenden,
porque requiere mirar al abismo
sin parpadear.
Y si me ves aquí,
bailando entre el sarcasmo y la ternura,
no es que no duela —
es que aprendí a hacer del dolor un estudio,
del trauma una tesis,
de la locura un arte,
de la muerte, una metáfora que no se cumple.
Yo no soy santa, ni mártir, ni diagnóstica.
Soy humana.
Hija del fuego,
de la pastilla que arde,
de la madre que grita,
del mundo que ignora.
Pero sigo aquí,
haciendo del aire un acto de resistencia,
del pensamiento una plegaria,
de la risa, un conjuro.
Y mientras todos callan,
yo digo:
que se queme la apatía, no la esperanza.
Que la inteligencia sirva para sentir,
que la empatía vuelva a ser ciencia.
Y si me quedo sola,
es porque el liderazgo también es un exilio.
Pero qué importa.
El silencio me obedece,
y la vida, aunque cruel,
sabe que aún la estoy estudiando.
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