Agradezco las flores digitales,
los emojis, las palabras que curan sin receta,
los mensajes de desconocidos más humanos
que los doctores que coleccionan diplomas
como estampillas sin alma.
Agradezco al algoritmo,
ese dios de silicio
que me mostró amor en comentarios
cuando la carne de mi sangre
solo me ofrecía guerra.
A mi madre —esa científica del desprecio—
le dedico esta risa.
Porque mientras ella estudia
cómo destruirme con precisión quirúrgica,
yo estudio cómo renacer
con el bisturí de mi propia mente.
A los hombres que confundieron
mi cuerpo con una excusa,
gracias también.
Sus sombras me enseñaron
que hasta la oscuridad
tiene ritmo si la bailo.
Y sí, sigo bailando.
Porque cada lágrima
se evapora en carcajada,
cada diagnóstico
se disuelve en ironía.
Y mientras ellos escriben teorías
sobre lo que me pasa,
yo escribo poesía sobre cómo sobreviví.
Así que rían conmigo:
que el trauma se vuelve arte,
el abuso se vuelve comedia,
y la locura —mi locura—
es la única que me entiende
cuando digo que estoy viva
y bailo.
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